Los asesinos de Petro: Los homicidas de siempre

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Al “Régimen”, como lo llamara Álvaro Gómez Hurtado, no le genera temor ni asco dar la orden para que alguien apriete un gatillo y les “quite un problema de encima”. Ya lo hicieron en el pasado lejano y cercano con hombres como Sucre, Uribe Uribe, Gaitán, Galán, Pizarro, Jaramillo Ossa, Pardo Leal y hasta con el propio hijo de Laureano Gómez.

No obstante, recuerdan el 9 de abril de 1948, sienten miedo de las consecuencias de la opción del magnicidio y optan, esta vez (en la era de los medios digitales y de la inmediatez de la información) por métodos más quirúrgicos y sutiles de “eliminación del contrario” que permitan invisibilizar ante el mundo su “talante* criminal y su histórica ausencia de principios y de ética en el manejo de lo público.

Por ello, el régimen visible, el político, con los recursos y el enorme poder económico y mediático del régimen invisible, el de los dueños del país, esos que manejan con fajos de billetes y tras bambalinas los hilos del verdadero poder, alinean a sus sicarios morales para disparar difamación y calumnia desde los medios y crear una enorme cortina mediática que distraiga al país nacional (como lo llamaba Gaitán) y esconda y minimice al máximo su podredumbre, corrupción y decadencia moral.

En ese contexto los Nassar, Morales, Arizmendi y las Quinn, Gurisatti, Dávila y Hernández, reforzados por los Fajardo y las López que les hacen eco, al lado de tinterillos que alcanzaron su momento de celebridad defendiendo narcotraficantes y paramilitares, salen al unísono a diseminar veneno, odio y dudas sobre quién siempre ha combatido la corrupción con hechos y no con palabras, tratando (a falta de argumentos) de llevar al contradictor limpio a su terreno, es decir, al fango y al lodazal donde saben que nadie los puede superar.

El “escándalo” de Petro es quizás el más perfecto y elaborado plan donde se hace uso no de uno sino de por lo menos nueve principios del manual de propaganda nazi. Aquí aplica  la famosa frase de: “calumnia, que de la calumnia algo queda”. Saben  que una mentira repetida muchas veces puede terminar adquiriendo una fuerza de “verdad” sin que necesariamente deje de ser solo una mentira.

Como nunca antes, se han combinado de manera tan perfecta y en su orden los principios segundo, primero, tercero, cuarto, sexto, octavo, séptimo, noveno y undécimo de la propaganda de la Alemania de Hitler, diseñados por Joseph Goebbels para engañar y manipular multitudes.

Han centrado su accionar en un único individuo por atacar (principios de simplificación y del método de contagio); han respondido al ataque con ataque y proyectando sobre el adversario sus propios defectos para distraer (principio de transposición); han magnificado y satanizado un hecho simple y hasta cotidiano como el de recibir y contar dinero en algo “tenebroso” e inadmisible, sin que como lo ha dicho el ex magistrado de la Corte Constitucional, José Gregorio Hernández Galindo, haya delito que perseguir más si destrucción de la presunción constitucional de inocencia (principio de exageración y desfiguración).

Se han unido para repetir la mentira y hacerla artificialmente creíble (principio de orquestación); han atacado desde aparentes múltiples flancos y de manera gradual o dosificada (principio de la verosimilitud); se han valido de múltiples y simultáneas teorías de sindicación que hacen dificultoso proporcionar una sola y oportuna respuesta (principio de renovación); han ignorado, invisibilizado y minimizado las respuestas a las acusaciones (principio de silenciación) y con base en todo lo anterior han intentado construir una matriz mediática que socave y/o mine la credibilidad y la esperanza de la gente y haga creer al mayor número de personas posibles que “todos los políticos son iguales de corruptos y no hay nada que se pueda hacer” (principio de unanimidad).

Saben que cabalgan sobre una sociedad inculta donde el chisme crece como caldo de cultivo y desde donde la “práctica del teléfono roto” aumenta, tergiversa y agrava el ya de por si malintencionado mensaje inicial.

Si a cualquier aspirante el concejo le preguntaran para qué le sirven 20 millones de pesos, luego de sonreír le diría que solo para garantizar 100 taxis con los que no movilizaría más de 5.000 electores en un día. Pregúntele que haría con los 50 billones que la corrupción le cuesta al país o con los cuantiosos sobornos de Odebrecht y, seguramente, frotándose las manos le respondería: “aspirar a la casa de Nariño”.

Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Angulo

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Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Ángulo y no estuviese revestido de la inmensa soberbia que se desprende como consecuencia natural de ser uno de los hombres más ricos del país y de creerme dueño de la suerte y vida de sus habitantes, a los que percibo como cosas, seguramente me tomaría un momento para pensar.

Cuando digo pensar, no me refiero necesariamente a cranear como destruir mediática, moral y hasta físicamente a quienes se han atrevido a cuestionar un proceder empresarial bastante apartado de la ética, esa palabra que abogados como Néstor Humberto Martínez y Abelardo De la Espriella consideran tan inconveniente para propósitos como el negocio jurídico y el enriquecimiento a cualquier costa.

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Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Ángulo y presenciara el inicio del desplome del valor de las acciones de mis empresas en la bolsa y las incalculables perdidas económicas que de ello se derivan, no insistiría en hacer lo que hasta ahora he hecho: Encubrir a aliados torpes del mundo de la política y del derecho que con sus acciones han puesto en serio riesgo mi prestigio como empresario y mi capital, tanto a nivel nacional como internacional, colocándome con su precario cálculo político en el ojo del huracán.

Desistiría de la idea equivocada de tratar de destruir moralmente a esa suerte de personaje de gran incidencia sobre un porcentaje nada despreciable de la población a quien los suecos y estadounidenses denominan ombudsman.

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Muy por el contrario, en el ajedrez de la política, dejaría de proteger a quien no merece ser protegido y sacrificaría a algunas de mis fichas reemplazables y/o inconvenientes aliados para generar tranquilidad y estabilidad en el mercado y confianza en las instituciones y en nuestra democracia, lo que sin duda ayudaría a restaurar la confianza pública y a erradicar la idea que viene generalizándose peligrosamente de que la corrupción no es un fenómeno exclusivo del ámbito de lo público y de la política, sino también del mundo hasta ahora inatacado de la empresa privada.

Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Ángulo, trataría de no dar declaraciones impopulares como la de respaldar medidas tributarias contra la población pauperizada de mi país y, antes, así fuera fingidamente, tomaría prudente distancia del gobierno y trataría de enmendar (por no decir encubrir) mis responsabilidades siendo así fuese por el breve tiempo que demande el olvido un empresario con sentido y responsabilidad social:

Así sin duda revertiría mi creciente y dañina impopularidad, no controlable ya (desde la irrupción del poder de las redes sociales) a través de periódicos, revistas, canales, emisoras y periodistas a sueldo