Asi, con represión, conmemoraron Duque y el ESMAD el 71 aniversario de la Declaración Universal de los DDHH

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No podía esperarse menos. El presidente de Colombia, Iván Duque, volvió a impartir precisas instrucciones para que en el 71 aniversario de la expedición de de Declaración Universal de los Derechos Humanos sus protegidos del ESMAD volvieran a hacer de las suyas.

Con su característica crueldad, sadismo y desprecio por la integridad física de los ciudadanos, miembros del tenebroso escuadrón antidisturbios volvieron a arremeter contra manifestaciones pacíficas que se adelantaban en conmemoración por la fecha en el Centro de Memoria Histórica y en la Universidad Nacional.

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Disparando de nuevo el mismo tipo de munición con el que asesinaron por la espalda al estudiante Dilan Cruz, los miembros del ESMAD arremetieron contra estudiantes y contra integrantes del grupo Primera Línea que se constituyó con propósitos estrictamente defensivos de la integridad física de los manifestantes.

IMG_20191206_175814Foto del daño que ocasiona la munición disparada por el ESMAD (Archivo)

Bien temprano Duque había impartido también la orden de militarizar el Aeropuerto Internacional El Dorado en una clara muestra de criminalización y de tratamiento de guerra a la legítima protesta social y sin indicar si los efectivos del ejército tienen o no la orden de disparar contra quienes porten carteles que alerten a los visitantes extranjeros sobre la violación permanente de derechos humanos que promueve un gobierno con un 78% de imagen negativa o desfavorable según la última medición de la encuestadora Yanhas.

 

Reflexiones de Gustavo Petro sobre la movilización ciudadana

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En un hilo de twitter, el senador Gustavo Petro hizo una serie de reflexiones sobre la movilización ciudadana que bien merecen por lo pertinentes ser recogidas, analizadas y discutidas de manera pública por las ciudadanías. Estas son sus reflexiones:

“El comité del paro siguiendo la costumbre sindical creyó que se trataba de rechazar unas políticas anunciadas por gremios o por funcionarios públicos.

La gente en la calle lo está por realidades que ya vive. La gente está en la calle porque ya descubrió que sus ahorros en fondos privados no le darán pensión, que los servicios de salud no mejorarán, los jóvenes en la calle saben que no hay universidad pública para ellos.

La clase media sabe ya que no tendrá estabilidad laboral. A la gente ya le quitaron la opción de la Paz que llenaba de esperanza. No son amenazas futuras, son realidades actuales y vividas que la gente rechaza y la lleva a la movilización.

Por eso la agenda de peticiones cambia sustancialmente. No es el rechazo a un holding futuro. Es la petición de cambios de leyes existentes desde hace décadas que vulneran derechos fundamentales.

Cuando la gente quiere pensión hablamos de una reforma a la ley 100. Cuando la gente quiere estabilidad laboral hablamos de una reforma a la ley 50 y el fin del contrato civil y de corto plazo que reemplaza el contrato laboral.

Cuando hablamos de educación superior pública y gratuita para todos, hablamos de la reforma a la ley 30.
Cuando hablamos de la Paz, hablamos del respeto a los acuerdos ya firmados y de la continuación de la negociación con el ELN.

La agenda que la gente pide en las calles es una superación de las leyes neoliberales que conculcaron los derechos de la gente desde finales del siglo XX, que contrarreformaron la Constitucion del 91. Es volver al espíritu democrático y progresista del constituyente del 91.

Esto es mucho más ambicioso políticamente que el pliego sindical. Por eso hay que evitar un fracaso. Si la gente se desilusiona por una conducción del movimiento llevada a formulas sindicales tradicionales y fragmentadas, lo que vendrá es apatía y la ofensiva de extrema derecha

El movimiento debe escalar el año entrante en todas las áreas urbanas sumadas a la nueva agenda agraria de protección al campesinado y el paro agrario. Los comités de paro deben conformarse con delegaciones elegidas por asambleas territorio por territorio.

O Duque negocia la superación del neoliberalismo en Colombia y restablece la garantía de derechos que ordenó la Constitución del 91, o la ciudadanía la impondrá, como en Bolivia, en las urnas electorales que definirán el poder en Colombia”

Aquí el trino

El miedo infundado que nos inocularon hacia una Asamblea Constituyente

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Nos vendieron miedo y el miedo paraliza. El miedo de perder lo que nos quitaron quienes ya nos están quitando lo poco que nos queda y nos han dejado.

La historia tiene un propósito. Nos habla al oído. Nos da señales. Nos aconseja. José Acevedo y Gómez en 1810 pronunció una frase que resultó profética para su tiempo pero que nos continúa hablando 209 años después:

“Si dejais perder estos momentos de efervescencia y calor, si dejáis escapar esta ocasión única y febril, antes de doce horas seréis tratados como sediciosos; ved los grillos, los calabozos y las cadenas que os esperan”.

Hoy la movilización social y casi espontánea en las calles de Colombia representa ese momento y esa ocasión única y febril que no se pueden dejar escapar. Sin embargo la dialéctica nos enseña que nada permanece sin transformarse. Con el paso del tiempo lo caliente puede enfriarse y eso lo sabe y a eso juega el gobierno. Le apuesta al desgaste de la protesta social como ya lo ha hecho antes, por ejemplo, con los paros de estudiantes, de maestros y de los indígenas del Cauca.

Por eso, hay que tener perfectamente claro que la movilización es un medio y no un fin en sí mismo. Es un punto de partida y no de llegada. Pero ¿medio para que? ¿punto de partida para que? Para efectuar transformaciones. Y es que en el máximo esplendor de la protesta social la mafia que tiene secuestrado el poder continúa legislando en contra de los intereses de quienes marchan y se hacen sentir en las calles.

Por ello debe haber un cambio de nota que impida que la monotonía aleje a la gente de las calles. Hay que escalar o pasar a otro plano la protesta social. No podemos ser tan ingenuos de continuar creyendo que un gobierno con un 78% de imagen negativa, acompañado de un congreso con 84% de desaprobación ciudadana y unos partidos políticos que los superan con un 86% (Fuente: YanHaas) son quienes van a emprender las transformaciones estructurales y de fondo que el país nacional necesita.

De la esencia y del espíritu de la Constitución del 91 después de más de 52 reformas en 28 años (una cada 5 meses) queda ya muy poco de útil. No podemos, por tanto, persistir en defender un Estado Social de Derecho que ya no existe como lo evidencia la inaplicación por la dictadura Policial de los derechos fundamentales. Hoy en Colombia lo que está vigente es el Estado Neoliberal que es un Estado Antisocial de Hecho o un Estado Antisocial de Derecha.

Ese Estado necesita ser cambiado y no hay vía distinta para hacerlo que una Asamblea Nacional Constituye.
Es que las reformas urgentes y de fondo que este país necesita no las va a hacer jamás ni Duque ni el Congreso. Si solo seguimos en las calles sin lograr nada hasta que todo se transforme en una gran frustración nacional, a futuro y cuando a la base social se le convoque contestarán con desesperanza ¿Para qué?

¿No es necesaria hoy una Asamblea Nacional Constituyente?

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Muchos afirman que no es necesaria la convocatoria a una nueva Asamblea Nacional Constituyente pues lo que se debe hacer no es hacer una nueva Constitución o modificar la vigente, sino aplicar la del 91. Pierden de vista un pequeño detalle: En 28 años no se ha aplicado cómo se debería la Constitución actual. De hecho, su Espíritu se ha tergiversado al vaivén de reformas que la han desfigurado. Ha sufrido en lo que lleva de vigencia 52 modificaciones (una cada 5 meses), frente a la de 1886 que se modificó en promedio cada 1,4 años (70 veces en 104 años).

La intención del Constituyente del 91 fue buena: Sentar las bases para la construcción de un Estado Social de Derecho, es decir, de un modelo de organización en los que tanto el Estado como el derecho se colocan al servicio de lo social, esto es, de las reivindicaciones de los ciudadanos y no al contrario.

Sin embargo, los Constituyentes del 91 cometieron un grave error al no escuchar a Álvaro Gómez Hurtado cuando quiso abrir la discusión sobre el carácter de omnímoda de la Asamblea, esto es, su poder absoluto y sin límites para acometer en el tiempo que fuera necesario los cambios estructurales y/o de fondo que el país requería para dejar atrás el régimen mafioso que en Colombia había coptado casi todo, incluida la política.

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En lugar de ello los constituyentes del 91 optaron por dejar el desarrollo y/o la reglamentación de la reciente constitución en manos de la misma clase política tradicional agrupada en el congreso. Craso error que a manera simbólica podría equipararse a algo así como entregarle un hijo recién nacido a Herodes para que lo cuidara y fortaleciera.

La reglamentación de la norma marco, en manos de los 6 o 7 congresos que sobrevinieron, no se hizo o se hizo al acomodo de los poderosos de siempre. De esa forma el Estado Social de Derecho se redujo a una declaración formal que jamás encontró correspondencia con el sentir de los intérpretes de otro modelo de organización opuesto: El Estado Antisocial de Hecho (Neoliberal)

Tal modelo, contrario al aprobado en el texto constitucional de 1991, se expresa, por ejemplo, en la reforma a los artículos 356 y 357 para raponearle recursos a la educación y a lo social y destinarlos a la guerra o a los banqueros o las sucesivas y lesivas reformas laborales que nada tienen que ver con lo consignado en el artículo 53 Superior.

Pero más allá de lo anterior y por razones hasta entendibles hubo temas vedados para los constituyentes y para la Constitución del 91. Por ejemplo, no se abordó el tema económico en aspectos tan puntuales y relevantes como la democratización en el acceso a la propiedad de la tierra y otros más, aún hoy bastantes sensibles. Esos temas y la recuperación de gran parte del sentido (espíritu) perdido de la Constitución de 1991 bien valdría la pena que sean retomados, profundizados y blindados en un nuevo proceso constituyente.

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La clase política actual y el congreso han dado ya muestras suficientes y fehacientes de no querer autoregularse y transformarse. También de no legislar para el país nacional (no político) sino para intereses mezquinos del minoritario país político. Han demostrado que no les interesa en lo más mínimo y como poder constituido lo que diga, sienta y piense el poder que los constituye o constituyente primario y mucho menos auscultarlo.

De hecho desprecian y le temen al poder primario. A tal punto, que a través de interpuestas personas hicieron firmar sobre mármol a un candidato presidencial como Gustavo Petro que se comprometía a no convocar al soberano para reasumir la soberanía que le es propia y que sólo delega temporalmente en representantes cuyo poder no es absoluto; mucho menos dentro de un modelo de democracia participativa y no representativa como la pre-constituyente.