El coronavirus reveló todo lo injusto y perverso del sistema actual

IMG_20200319_141108

La pandemia ha desnudado en toda su dimensión las miserias del modo de producción y sistema político que se impuso definitivamente tras la revolución Francesa. Sus valores iniciales de igualdad, fraternidad y libertad han sido sustituidos por prácticas deleznables como el individualismo, el egoísmo y la insolidaridad.

Bajo la atrocidad y voracidad de los postulados del neoliberalismo, intencionadamente, se empequeñeció al estado para evitar que este acuda y actúe en defensa de los más débiles y, por esa vía, garantizar que se impongan exclusivamente la lógica y los intereses de ganancia, a cualquier precio, de los poderosos.

En el lenguaje de estos últimos no existen términos como reciprocidad y empatía. Solo existe el propósito único de acumulación desmedida de ganancias, sin importar los medios de que se valgan para obtenerlas ni a quienes destruyan en su proposito. El cada vez más atrofiado estado solo existe en tanto su aparato represivo es útil para garantizar los privilegios de unos pocos. No existe para auxiliar económicamente al débil o para garantizar, por ejemplo, la salud de las mayorías. Existe para respaldar a los negociantes y a sus negocios rentables.

Los grandes industriales y comerciantes son incapaces de tomar la decisión de, por quince días o un mes, parar la producción, sin cesar pagos de salarios, para facilitar el confinamiento y la provisión de alimentos, con el objetivo de salvar vidas. Salvo los pequeños empresarios (y en su ayuda debería acudir también el estado), los grandes podrían hacerlo. Podrían en razón de la emergencia humanitaria hacerlo como lo hicieron ya una vez en la segunda mitad del siglo XX para derrocar a un gobernante.

IMG_20200319_143053

Podrían socializar con el país una parte insignificante de sus jugosas ganancias de décadas, de la misma manera en que el país nacional les ha tendido la mano cuando el gobierno ha decidido socializar sus pérdidas a través de más y mayores impuestos, que se descargan sobre las espaldas de los débiles, o a través de exenciones tributarias que no han tenido otro sentido que disminuir sus costos de producción y/o, como se nos ha vendido, reducir sus egresos para aumentar sus ingresos, sobre el compromiso nunca cumplido de generar más empleo.

Sobresalta e indigna que el estado y el gobierno, que representa a la clase social minoritaria que ostenta el poder, hayan destruido la salud pública para convertírla en otro jugoso negocio que se les sirve a la carta. De ahí la incapacidad de un sistema de salud en manos privadas para asumir la responsabilidad de brindar atención de calidad a los millones de ciudadanos que, paradójicamente y siendo los que más tributan y contribuyen, son también los que más necesitan hoy hospitales dotados con toda la tecnología posible.

Los colombianos no creíamos que fuera a ser tan necesario, como ahora, que la salud fuera un derecho fundamental y no otro perverso negocio que genera ganancias sobre la base de negarles servicios y atención de calidad a la gente.

En todo este panorama desolador y apocalíptico estamos por fin, y a golpes, aprendiendo a entender que en el capitalismo no hay lugar para sentimientos y mucho menos para tener corazón. Al uno y al otro lo sustituyen las carteras y los billetes. Estamos entendiendo, por ejemplo, que
el desabastecimiento de Venezuela (más allá de la explicación del saboteo y el bloqueo económicos) hace parte de la lógica inhumana del mercado en la que incluso la Constitución, contrariando a Kelsen, queda por debajo de sus leyes de oferta y demanda.

Desaparecieron el alcohol, los antibacteriales y 9 millones de tapabocas necesarios para afrontar la crisis sanitaria y humanitaria, sencillamente porque ante la caída del peso frente al dólar (devaluación), quienes los tenían en su poder, decidieron que era más rentable, monetariamente hablando, exportarlos que realizarlos sin acaparamiento y sobrecostos en el mercado interno. Ello, obvio, con la complicidad de funcionarios del Estado a los que debieron “untar” para que miraran hacia otro lado mientras hacían su nauseabunda transacción.

IMG_20200319_143014

También aquel discurso de que éramos uno de los países más desiguales del mundo hoy deja de ser retórica y adquiere contenido apreciable en la situación de millones de compatriotas que están en la encrucijada de no poder confinarse porque la pobreza no se los permite. Un millón de personas sin agua potable es una cifra diciente; ancianos mayores de 70 años trabajando en las calles por la incapacidad del gobierno y del sistema de garantizarles una pensión es otra dura y triste realidad. Además, millones deambulan por las calles a la espera de que los empresarios generen empleo formal. Los “nadie” como los llamaba Eduardo Galeano, deben, si o si, arriesgarse a salir a las calles para batirse contra el virus o contra la posibilidad de morirse de hambre por la falta de empleo y la insolidaridad del estado y de los poderosos a los que este les sirve.

Tan es cierto esto último que el gobierno en lugar de legislar en función de favorecer a la población más vulnerable frente a la pandemia, lo hizo primeramente pensando en los poderosos. Las primeras medidas que adoptó el gobierno de Duque no estuvieron encaminadas a proteger y a favorecer a la población sino que fueron en favor de los dueños de las empresas de aviación y de los hoteles.

Hace apenas 4 días, el
Banco de la República puso a disposición de las entidades financieras, entiéndase de los “pobres” banqueros, recursos hasta por 17 billones de pesos, en caso de que estas requieran atender situaciones de iliquidez. ¿Cuantos subsidios de alimentación pueden proveerse a los pobres y cuántos hospitales y camas de UCI podrían construirse con 17 billones? Sin embargo a nadie le importan los desvalidos y débiles del sistema. Ni siquiera visionados como potenciales compradores que no sobrevirán a la ineficiencia e inhumanidad del sistema.

Y el problema no es exclusivo de Colombia. Italia y Serbia han sido abandonadas a su suerte por la Unión Europea y su socio Estados Unidos. Solo China y Cuba aparecen en el escenario mundial dándonos ejemplarizantes lecciones de solidaridad. No puede seguir colocándose la economía y el capital por encima de la vida. Algún día como dice el himno de la alegría “los hombres volverán a ser hermanos”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s