El espaldarazo de Claudia a la impunidad de Duque

Claudia López y Angélica Lozano fueron en Senado y Cámara, respectivamente, ponentes del nefasto Código de Policía que empoderó a los miembros de una institución que antes de disponer de esa herramienta jurídica ya cometía abusos y arbitrariedades contra los ciudadanos, aunque no de manera tan desvergonzada como hoy. Hasta ahora no han pedido perdón a la ciudadanía por esa actuación, como parlamentarias, en buena parte responsable de lo que hoy ocurre en la capital.

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Hay que decir, sin faltar a la verdad, que ese mismo Código que impulsaron fue usado en la Bogotá Protectora contra los humildes. Antes de los fatídicos días de septiembre hubo órdenes hacia la fuerza pública que derivaron también en abusos que hasta ahora no se ha desvirtuado que no provinieran del Palacio de Liévano y de la alcaldesa. Por eso hasta antes de su histriónico reclamo a la fuerza pública, por disparar y generar heridos y muerte, nadie dudaba que los agresores actuaran bajo sus órdenes, máxime cuando la ciudadanía recordaba un trino suyo en el que reclamaba a Peñalosa por permitir atropellos al público y otro dónde decía que ella si iba a asumir el rol de jefe de la policía.

 

No obstante, ante la posibilidad de que ella hubiese dado una orden y Duque una contra orden, en una especie de golpe de estado y de vulneración de la soberanía popular, Gustavo Petro, como demócrata y haciendo a un lado sus diferencias conceptuales con la alcaldesa, no dudó en respaldarla y solicitar rodearla, en un acto de desprendimiento generoso que no tuvo ni respuesta ni reciprocidad, como si desde el Partido Verde, una vez más, se hubiese adoptado la decisión de desmarcarse de Petro, inferimos que para no perder eventuales apoyos presidenciales futuros de un uribismo debilitado y temeroso de Petro.

 

Claudia tan dada a responder con ligereza y altivez las críticas del líder indiscutido de la oposición en Colombia, el senador Gustavo Petro, esta vez guardó un extraño silencio. Entre la política de la vida y la de la muerte hubo un retorno a un centro que favorece más a la segunda de las políticas y opciones mencionadas. Frente a Duque, lo que si se dio después del garrote fue la zanahoria. Claudia se alinderó del lado de Duque y cuan un diestro sastre le lanzó al gobierno un salvavidas confeccionado a la medida para limpiar imagen: el del “perdón” y la “reconciliación” en un acto ecuménico.

Hasta el momento de escribir estas líneas no sabemos si Duque aceptará o declinará la invitación. Si se da la lógica, muy seguramente Duque, en su infinita torpeza política no responda y deje a la alcaldesa plantada en su invitación elaborada en un acto de cine en formato lituano. Igual con ello, y desde su cálculo político, se le habrá vuelto a prender una vela a Dios y una vela al diablo desde el eufemismo de llamar ahora a asesinatos que ella misma catalogó como “masacre”, desde un clásico eufemismo de centro “dolorosos hechos”.

Por la presión internacional y la contundencia de los hechos a la familia de Javier Ordoñez se le pidió perdón por parte del gobierno. No así a otras 10 o 12 familias frente a las que no ha existido una sola palabra como para hablar de “perdón y reconciliación”. Antes, los disparos y agresiones no han cesado demostrando que no ha existido un acto ni siquiera de arrepentimiento y de asunción de responsabilidades y culpas.

Claudia con su acto da un espaldarazo a Duque. Pasa por encima de las víctimas y las revictimiza al pisotear pasos previos a la reconciliación y posteriores al perdón como la reparación y el compromiso de no repetición. Aunque lo llamen loco, hay mucho que aprender del Alcalde de Cartagena sobre cómo se hace respetar la soberanía popular expresada en las urnas y el mandato constitucional que subordina a las autoridades policiales a las autoridades elegidas popularmente. Mucha Dignidad le sobra a Dau. Cartagena sigue dándole ejemplo al frío centro andino.