El uribismo verde o el “uribismo sin Uribe” de los sapos del pantano

El premio nobel de la paz (1984), el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, sabiamente dijo en alguna ocasión que “si eres neutral en situaciones de injusticia es que has elegido el lado opresor”. Con ello quizás sintetizó una frase bíblica atribuida a Dios y contenida en el capítulo 3, versículo 16 del libro de Apocalipsis que en una clara alusión a quienes no se comprometen y evaden su compromiso con la verdad y la vida señala: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”

En la Colombia de las masacres, del genocidio, de la represión brutal contra ciudadanos inermes, de la corrupción desbordada hasta límites insospechados y de la impunidad total al accionar delincuencial del narcotráfico y del paramilitarismo, guardar silencio o hacer yoga a la espera de que por sí solo el cáncer que corroe a Colombia desaparezca y, por el contrario, atacar (eso si activamente) a quienes con el valor civil que a ellos les falta denuncian lo malo es ser tibio, colocarse del lado de la impunidad de los criminales y prestarse conscientemente para ser instrumentalizados por los mismos.

No cabe duda, que si Luis Carlos Galán Sarmiento, no hubiese sido sacrificado por la macabra alianza entre narcotráfico y política que valientemente denunciaba, hoy seguramente seguiría con la misma vehemencia denunciando en los medios y plazas públicas a quienes proféticamente vislumbraba alcanzando el control del estado para sus fines maléficos. Experimentaría muy seguramente decepción al ver concretado el proyecto sobre el que nos advirtió y a muchos de sus copartidarios llamando polarizadores a quienes recogieron sus banderas de denuncia y de llamar, sin eufemismos, malo a lo que es malo.

En Colombia una parte muy significativa del partido verde y de la sociedad representa este proyecto de complicidad con lo perverso bajo el discurso hueco de “no polarizar”, que no se agota en el silencio omisivo y cómplice sino que se expresa también en la macartización de quienes si intentan aplicar una terapéutica radical a un mal que no admite para su resolución definitiva pañitos de agua tibia o soluciones tipo avestruz, esto es, esconder la cabeza con los ojos cerrados, pero dejando para los brutales depredadores al descubierto el cuerpo, en la esperanza de que estos casi que por una intervención divina se arrepientan y renuncien a sus instintos asesinos y a su sed de sangre.

El partido verde hoy, en sus dirigentes no tanto como en sus bases, encarna ese sector que prefiere mirar para otro lado o irse irresponsablemente a ver ballenas antes que asumir posiciones. A voluntad se decolora y adopta, de acuerdo a circunstancias y conveniencias, posturas y gamas pero casi siempre en el espectro de las tonalidades de la extrema derecha. De hecho, y a pesar de los resultados medibles en litros de sangre, están dispuesto a dejarse instrumentalizar para la perpetuación de posiciones fascistas en el poder, bien sea por miedo (cobardía) de convertirse también en objetivos y víctimas; bien sea por congraciarse actuando como factor divisor para garantizarse la perpetuación en el poder de quienes nos gobiernan; o quizás desde la lógica absurda de que en algún momento van a ser premiados vislumbrándolos como opción elegible, en una especie de imaginaria transición de los sectores más retardatarios y reaccionarios hacia el centro.

En función de esto último están dispuestos hasta a volverse maquiavélicos Judas modernos de la política. Su mezquindad, ruindad y egoísmo superlativo, son tan similares a los del uribismo mismo, que su sectarismo y su desvergonzado rechazo a cualquier proceso de unidad que no se teja en torno exclusivo a ellos los desnuda como lo que en realidad son: cómplices con las necesarias capacidades histriónicas como para venderse como oposición al uribismo este cuando en realidad ni lo son ni les interesa serlo.

El partido verde cada vez más pierde su mentiroso ropaje de alternativo y se nos devela como lo que en realidad es: El caballo de Troya del uribismo. Su carta oculta para reinventarse y que en apariencia todo cambie sin que en esencia nada cambie. Los electores en Colombia deben saber que “el uribismo de la paz” o “uribismo sin Uribe” que propuso Antanas Mockus es el uribismo verde.

Un mismo proyecto con cambios estrictamente cosméticos pero que apunta de fondo a lo mismo: la perpetuación del proyecto del neoliberalismo, de la privatización, de la desigualdad e injusticia social. Igual que en la Francia de 1789 el centro no representa el cambio pues su real propósito es la defensa soterrada del statu quo. “Les crapauds du Marais” o los sapos del pantano eran llamados en la revolución francesa este tipo de personajes.