La gran pregunta sobre la alternancia

Tomado del facebook del educador Henry Gómez Zarate

¿Por qué el gobierno, contra toda sensatez, pretende “arrear” a estudiantes y (con mayor nivel de exposición) a educadores hacia un modelo de alternancia educativa sin que se les haya inmunizado con la aplicación de una vacuna?

Existen dos respuestas: una corta que no por ello hace parte del sentido común y otra menos breve que amplía el contexto.

La respuesta breve remite a un hecho eficazmente encubierto que es el resorte de la insensata decisión, a saber: la educación a distancia ensayada en el 2020 fue un fracaso en algo tan sensible como es la cobertura escolar, disminuida por la (real y global) tasa de reprobación/deserción de estudiantes que retrotrae las cifras a cuando menos 10 años atrás.

La cifra maquillada que estos indicadores muestran no es peor porque los docentes oficiales no han aplicado los tradicionales criterios legales con que se establece la reprobación/deserción tomando en cuenta la real y consolidada tasa de inasistencias de los estudiantes. En aquellos ha primado un plausible pudor para no penalizar a sus alumnos y familias por circunstancias de las que en realidad son víctimas. Y es por ahí que comienza a ampliarse el contexto que lleva a la segunda respuesta. Veamos.

Para quienes poco conocen de estos temas el aumento de cobertura en la atención de derechos fundamentales (tales como salud, educación, trabajo, etc) ha constituido el tema central de los últimos gobiernos de corte neoliberal (todos de Gaviria a Duque) redefiniéndolos como negocio y a sabiendas que ese frenetismo por el aumento, sin variaciones sustantivas de los recursos y la capacidad instalada, agrava las condiciones de posibilidad de la calidad.

Bajo la antigua normalidad, el neoliberalismo tercermundista se hizo experto en rebajar la atención de los derechos fundamentales a un nivel mediocre, mientras simula abrasar a un mayor número de usuarios, con la aplicación de un doble rasero en la rendición de cuentas públicas en cuanto calidad, como se explica a continuación.

La calidad solo cuenta con seguimiento y rigor técnico cuando la atención del derecho es responsabilidad de lo público, y el fracaso obra como argumento poderoso para legitimar decisiones de privatización. En tal sentido, la escogencia de los indicadores evaluados para nada consultan el desbordamiento de la capacidad instalada ni la real desfinanciación del sistema en función del crecimiento de la cobertura. El carácter positivista pero terriblemente sesgado de la medición de resultados se presenta como una lectura objetiva de la calidad del servicio que ofrece el sistema.

Una vez privatizado el tema se vuelve secundario. La calidad de un servicio en manos privadas será siempre el resultado semi-clandestino de la tensión existente entre su mediocridad, la capacidad de aguante ciudadana y la búsqueda del máximo de utilidad, en las barbas de un estado (hasta ahora) cómplice.

Es lo que ocurre con la educación mayormente pública y la salud totalmente en manos privadas. La “evaluación pública y positivista de la calidad” a través de formatos estandarizados en la primera no ocurre nunca ni en los mismos términos en la segunda. La primera, un derecho fundamental, desfinanciada de cara a los requerimientos en cuanto vulnerabilidad de la población cobijada y las demandas de las condiciones de posibilidad de la calidad. La segunda, un típico negocio cuyas venas rotas se ven surtidas generosamente por el estado, no en función de la calidad plena de lo que ofrece (y que nadie con autoridad seriamente les reclama), sino de los amplios márgenes de ganancia que produce.

En ese sentido, el exhibicionismo engaña incautos de las altas coberturas, la obra de demolición de lo público y la progresiva concreción de la agenda privatizadora venían cumpliendo su misión en el marco de la construcción de un estado neoliberal de hecho hasta que se atravesó la pandemia con la obligada decisión de confinamiento social.

La respuesta breve inicialmente planteada empieza a tener implicaciones y contexto. Es cierto que la educación a distancia ha sido un fracaso pero sustentado por los múltiples efectos que el neoliberalismo ha tejido en todos los órdenes de la vida social, en especial la de los más vulnerables que son la mayoría. Y eso es distinto y más amplio.

Así por ejemplo, existe una innegable relación entre el nivel a ras de supervivencia que impone la economía neoliberal y la deserción/reprobación técnicamente real de población vulnerable en la escuela, obligados a priorizar la subsistencia del día a día. O con el hecho de desposeer las condiciones materiales para acceder a vías virtuales o con el atraso estructural del país en conectividad dada la condición subalterna asignada a nuestra economía en el modelo global mundial. Flaquezas y vergüenzas desnudadas por efectos de la pandemia y su confinamiento. Nada de aparatos ni conectividad gratuitos, lo que habría sido poco eficaz si no se aflojaba la presión por la supervivencia con la asignación de una renta básica para las familias vulnerables, todo ello incompatible con un modelo en marcha.

No pueden volver a la educación a distancia porque sería como quedarse en el mismo punto, enfrentar los mismos problemas y seguir exhibidos en una desnudes a la que la deserción/reprobación realmente consolidada en 2020 le ha quitado la hojita de parra que cubría sus últimas vergüenzas.

En realidad no existen más garantías de condiciones previas y verificables de bioseguridad para regresar a cualquier forma de presencialidad en la escuela que la aplicación general de una vacuna inmunizadora efectiva. Y una vez dado ese paso, la lección aprendida debería obligar a la instauración progresiva del modelo masivo al personalizado. Pero no van a hacerlo. No van a desandar el modelo neoliberal en marcha. No va a ser la pandemia la que los obligue a modificar el curso de acción de una apuesta tan gruesa, en la que llevan mucho tiempo, a la que le han invertido tanta violencia y en la que hay tantos intereses.

Sin importar las consecuencias de la segura exposición y con la ayuda cómplice de actores dentro del sistema (en el triste papel de capataces o piguas) prefieren arriarnos a estudiantes y educadores hacia una suicida alternancia sin que medie la aplicación de una vacuna inmunizadora. En eso también es experto el neoliberalismo: en encontrar vías que demanden menos gastos, preserven la utilidad del sistema e ignoren los daños colaterales sobre todo lo que tenga vida.

Y entre quienes son potenciales víctimas nunca dejan de sumarse voluntariosos aliados de sus propios sepultureros

Barranquilla, Enero 20 de 2021