El país nacional: el aliado que Petro merece y necesita

El dirigente liberal Jorge Eliecer Gaitán caracterizó y diferenció perfectamente lo que él denominó país nacional del país político. El primero está representado por quienes desde el proceso mismo de independencia han sido excluidos y padecen las vicisitudes producto de las decisiones inconsultas que toma una élite exclusiva y excluyente a la que nada le importan los que huelen a sudor y viven de su trabajo.

Por su parte, al país político lo encarnan quienes desde una visión clasista y arribista menosprecian y subestiman a ese país nacional al que nunca auscultan y al que siempre terminan imponiéndole sus visiones y las decisiones adoptadas por no más de 5 o 10 al calor de bebidas finas y de platos servidos en lujosos restaurantes y clubes inaccesibles, inalcanzables como sus lujos y excentricidades para la mayoría de los colombianos.

Tanto a los Gaviria, Pastrana, Vargas Lleras y Uribe que pactan de ser necesario hasta con el mismísimo diablo para no ceder el poder y perpetuarse en el mismo, como los Fajardo, De la Calle, Galán, Robledo, Barreras y otros titiriteros más tras bambalinas los unifica ese mismo sentir de desprecio y odio por los pobres (aporofobia) y el miedo de que por primera vez en la historia por fin le toque ganar al pueblo.

En el fondo uno y otro bando (o bandas) representan intereses y privilegios tanto de ellos, como de los poderes económicos que los respaldan y que saben que con cara o sello preservan el statu quo que les resulta tan benéfico y favorable dentro de su propósito de llenar cada vez más sus bolsillos a expensas del sudor, la sangre y las lágrimas de todo el resto de colombianos.

Ambos sectores comparten además una práctica despreciable y repugnante: la de solo acordarse de los integrantes de ese país nacional cuando necesitan que sus acuerdos inconsultos y alejados de las expectativas e interés de las mayorías, sean refrendados por estas en las urnas.

El establecimiento, el poder, el régimen del que hablaba Álvaro Gómez Hurtado, tiene la habilidad, además de, a través de terceros que se caracterizan no precisamente por tener valor sino precio, engañar, presentarse como lo que no son, de darse un barniz de popular, de posar de tenis y blue jeans, de disfrazarse, con el único propósito y objetivo de dividir el voto popular y mayoritario y facilitar el triunfo de los de siempre. Por ello cada tiempo se cumple la frase de Álvaro Salom Becerra que “al pueblo nunca le toca” (ganar).

Gaitán en su discurso y su práctica interpretaba a la perfección a ese país nacional históricamente olvidado y traicionado por sus mal llamados “dirigentes”. Desdeñado por su origen, sus rasgos físicos, sus ideales de justicia social y de reivindicación de los eternamente olvidados, fue estigmatizado como ateo y comunista y, muy seguramente si le hubiese tocado vivir en nuestra época sería tildado bajo adjetivos descalificadores como radical, peligroso y polarizador.

Dos frases de Gaitán recobran importancia y vigencia histórica en la Colombia de inicios de la segunda década del siglo XXI: “El pueblo es superior a sus dirigentes” y “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”. Los dirigentes del país político han comenzado a hacer sus apuestas como de costumbre. Excluyen y estigmatizan a quien mejor reedita los ideales de Gaitán. Usan sus medios para vender la idea de que Gustavo Petro se está quedando solo por no contar con ellos.

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A este último sin embargo debe quedarle claro que sus alianzas no están con los representantes radicales y moderados de un mismo establecimiento. Que debe centrarse en ir cada vez más al encuentro de los descamisados y de los desesperanzados para convencerlos de que ya es tiempo que la consigna traicionada de “ahora le toca al pueblo” se vuelva por fin realidad. Solo a ese pueblo, convencido, comprometido, nadie le burlará una vez más su voluntad expresada en las urnas, en la plaza pública y en las calles.