Apartheid político en Colombia: práctica de alta suciedad

Quien no conoce la historia está condenado a repetirla. En Colombia, cada determinado tiempo la historia se repite como tragedia y, para que nadie tenga consciencia de ello, la misma clase dirigente de siempre, la heredera de una parte de quienes expulsaron a los españoles de nuestro territorio con intereses no precisamente colectivos y altruistas sino individuales y egoístas, se aseguró, poco a poco, de borrar de las aulas y de los currículos todo lo que pudiera significar que el pueblo no perdiera la memoria y la identidad.

Por ello no es de extrañar que casi que estúpida y absurdamente se repitan las estigmatizaciones a quienes se atreven de manera frontal y sin ambages y eufemismos a advertir, señalar y combatir con férrea convicción lo que no está bien.

Tampoco son ajenas a nuestra lúgubre historia las implacables persecuciones hacia quienes piensan vanguardistamente. Mucho menos nos resultan ajenas las guerras, las violencias, los magnicidios, los genocidios, las traiciones y hasta las mismas prevenciones, exclusiones y segregaciones que vuelven a facilitar el permanente acceso al gobierno de los peores; de los integrantes de la misma élite clasista, arribista, racista y aporofóbica descendiente de las Ibáñez.

Infortunadamente así ha sido nuestra historia. A Nariño lo desoyeron y trataron de extremista y peligroso por advertir lo que después sería la sangrienta reconquista. Contra Bolívar difamaron, conspiraron e incluso intentaron asesinarlo. El pago a su sacrificio fue la ingratitud y el inmerecido desprestigio. Con Sucre perpetraron quizás uno de sus primeros magnicidios y luego así, y para que se cumpliera al pie de la letra aquello de que “al pueblo nunca le toca”, la historia continuó repitiéndose, por ejemplo, con la unificación y confabulación del poder económico contra el bolivariano general indígena José María Melo y, casi un siglo después, contra otro que también les resultaba insoportable y al que satanizaban calificándolo de radical, ateo y comunista por su olor a pueblo: Jorge Eliecer Gaitán.

No es de extrañar entonces que los herederos de la alta suciedad hagan todo lo posible y hasta lo imposible, como en 2018, para evitar que alguien como Gustavo Petro, que encarna o interpreta los intereses, los sueños y las expectativas de reivindicación social de las mayorías pobres de Colombia acceda al solio de Nariño. Las estrategias para evitarlo a toda costa no son nuevas. Juegan a lo mismo: presentarlo como radical, ateo y peligroso, para sobre esa base segregarlo y excluirlo o incluso sentar las bases para justificar y legitimar su asesinato.

La mal llamada coalición de centro, auspiciada por el santismo, que en lo económico avala igual que el uribismo al neoliberalismo y la corrupción; por el Grupo Empresarial Antioqueño (GEA) que con propósitos no santos respalda a Fajardo; por el uribismo verde o moderado (engaña incautos) y por el renovado pero histórico Movimiento de Oposición a las Ideas Renovadoras de la CIA, va al final encaminada a repetir la historia de hace 4 años; a garantizar que en la Colombia desigual, injusta y deshumanizada nada cambie y todo el sistema de cosas o régimen, como lo llamaba Gómez Hurtado, permanezca incólume o intocable.

De ellos no se puede esperar nada diferente a lo que siempre han hecho: dividir para usufructuar o beneficiarse del poder disfrazándose en muchas ocasiones, incluso, como “oposición” sin en verdad serlo. El país nacional debe identificar que todos estos oportunistas con su negativa a una consulta amplia para definir un solo candidato que enfrente al uribismo en la primera vuelta del 2022 le hacen el juego a la perpetuación del modelo neoliberal.

Ellos son por eso excluyentes como el modelo que defienden y, aunque saben que su ‘movida’ probablemente posibilite un nuevo triunfo de la fuerza más corrupta, reaccionaria, retardataria y violenta de nuestra historia política, eso poco o nada les interesa mientras no se afecten sus intereses y privilegios económicos y mientras no sean ellos, sino el pueblo pobre, el que ponga los muertos de las diarias masacres.

En su mezquindad, prenden una vela al diablo para que frente al eventual desgaste del uribismo, el antidios de este movimiento, en el que converge lo peor de Colombia, les otorgue la ‘bendición’ con tal de que no llegue Petro a sacar a la luz todas sus inmundicias y perversidades. En la expectativa de obtener ese ‘guiño’ o ‘luz verde’ de un proyecto político decadente y de construir sobre las ruinas y luto que este deja a su paso, es que excluyen a Petro.

Aunque, realmente y pensándolo bien, no es al candidato que obtuvo 8 millones de votos a quien en el fondo excluyen sino al pueblo con olor a trabajo y sudor que conforma esa nada despreciable masa de votantes que les produce pánico y a la que apuestan por dispersar. Quien lo creyera; en la segunda década del siglo XXI, en Colombia, toma forma una nueva modalidad de segregación y de exclusión, ya no de naturaleza racial, como en Sudáfrica, sino de tipo social y política.

Un nobel de la paz y sus peones (De la Calle, Barreras y Cristo); un ala del partido verde a cuyas “lideresas” también excluyen los patriarcas machistas de sus reuniones; el representante de un partido “obrero” y “revolucionario” que como buen paisa hace a un lado o depone sus poses ideológicas para confluir y pactar con el GEA y su tan criticado santismo, han decidido a instaurar un cónclave o secta de ‘los no peligrosos y radicales’ y no precisamente para derrotar al uribismo sino a Petro. Somos todos testigos de excepción de un Apartheid igual o peor al de la segregación racial: el Apartheid político.

Ojalá todos los colombianos lo tengan claro y los identifiquen al momento de acudir a las urnas. Los del Apartheid político No son demócratas sino cómplices y despreciables déspotas. Son de la misma estirpe de quienes entendieron la independencia no como un proceso para instaurar la libertad, la igualdad y la fraternidad sino como una posibilidad para a partir del “quítate tú para ponerme yo” hacer del estado un negocio y enriquecerse dándole continuidad a la explotación española.

Un segundo y definitivo proceso de independencia se hace necesario para cumplir el ideario original traicionado.