Uribe, tráguese su propio vómito

La reforma tributaria propuesta por el gobierno que Uribe nos vendió como la salvación frente a la amenaza del “castrochavismo” es su vómito vertido sobre este vaso que se llama Colombia; y por más esfuerzos tardíos que haga el ex presidiario para deslindarse de la misma y salir como tantas otras veces incólume, es irreversible que esa idea estructurada por la más importante cuota de Uribe en el actual gobierno, el odiado ministro Carrasquilla, fue la última gota que rebosó el vaso de la tolerancia de los colombianos hacia el uribismo.

No es castrochavismo, es un profundo desprecio hacia el uribismo, un proyecto político que cumplió su ciclo y no de cualquier manera sino con un fracaso de gobierno y un fracasado de quilates llamado Iván Duque Márquez, quien cada vez se consolida más para pasar a la historia como el indiscutido sepulturero de su patrón Uribe y del uribismo, esa pesadilla que tarde o temprano la historia del país recordará como la segunda patria boba.

El desgaste de un proyecto político que en algún momento pudo seducir a incautos, apelando a la mentira, es cada vez más creciente e inevitable. Y lo es, quien lo creyera, hasta por razones bíblicas. En la cita bíblica “no hay nada oculto que no haya de ser revelado” coinciden proféticamente no los doce apóstoles de Santiago, el hermano del falso mesías, sino los discípulos de Jesús, Mateo, Marcos y Lucas.

Y es que por más esfuerzos que se han emprendido para, desde la tergiversación, cambiar la historia, cada vez más afloran a la superficie árida en que convirtió el uribismo a Colombia, y como resurgidas en una tierra que se vuelve fértil abonada por quienes fueron colocados bajo la misma, verdades que no pueden seguir siendo cubiertas por mentiras. Los sellos se abren, los velos se rasgan y queda expuesta toda la inmundicia que antes no era visible.

Como es apenas natural, los aliados, o más bien los cómplices, al mejor estilo de las ratas saciadas de un viejo barco, al percatarse de que este ha comenzado a escorarse y a naufragar han sido las primeras en abandonarlo y procurar, oportunistamente, ponerse a salvo de la catástrofe. No han valido y seguramente de nada servirán esta vez las llamadas para acordar entre expresidentes o los ministerios ofrecidos a quién ha encontrado en hacer públicas sus objeciones a las reformas un medio idóneo para obtener ministerios, contratos o burocracia.

Muy seguramente, a no ser que prevalezca un espíritu suicida que conduzca a los amigos a no ir solo hasta el borde de la sepultura sino a sepultarse con él que perece, la reforma tributaria no pasará. Y no lo hará por inoportuna. En medio de la pandemia y con una Colombia conducida a las ruinas, lo más reprochable es que quiénes aún tienen, y bastante, extiendan en una mano un sombrero y en la otra esgriman un arma con la pretensión de arrebatarle
lo poco que les queda a quienes más necesitan.

Esta vez la estratagema urdida no funciona. Las manos temblorosas por los años han permitido ver la secuencia de los movimientos del otrora gran prestidigitador. Lo señalado por el extinto escritor español José Luis Sampedro Saéz sobre cómo nos manipulan a partir del miedo, amenazándonos con un gran daño para luego atenuar sus efectos y hacernos resignar y hacer aparecer al verdugo como más benevolente, sin duda a más de uno han servido para develar las estrategias de manipulación psicosocial de políticos perversos como Uribe.

Uribe debería entender, que la estrategia del policía sádico y su compañero bueno que media y trata de aminorar los daños ya no es funcional. Sus contra propuestas al borrador de reforma tributaria que él y su partido redactaron y en el que sobrevive la misma concepción sangüijualesca de chuparle hasta la última gota de sangre a los colombianos pobres no son creíbles. Lo fueran sino supiéramos que ya en el artículo 116 de la ley 788 de diciembre 27 de 2002 intentó al lado de Carrasquilla, por primera vez, gravar con IVA todos los productos de la canasta básica de los colombianos.

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Ya los colombianos hasta la saciedad han entendido que Uribe es una especie de Robín Hood invertido que sádicamente le roba derechos y bienestar a las mayorías pobres del país para beneficio de las parasitarias minorías más ricas, demostrando que el verdadero “odio de clases” es el que se ejerce desde la voracidad y desde la mezquindad de unos cuántos que perciben desde su elitismo, arribismo, clasismo y hasta racismo con desprecio a sus conciudadanos. Uribe, no proponga nada. No procure arreglar lo que con y desde ustedes ya no tiene arreglo. Duque, Carrasquilla y su tercera reforma tributaria en 3 años son su vómito. Haga de cuenta que usted es Jerónimo y tráguese su propio vómito sin protestar ni proponer nada. Trágueselo!!!