Medios, comunicadores y mentiras

A la protesta social se le ha dado tratamiento de guerra por parte del paraestablecimiento y en toda guerra la primera víctima siempre es la verdad. Por eso el general Zapateiro en el discurso a sus tropas en una cancha en Cali, sin pudor alguno señalaba, que a pesar de estar el aeropuerto Bonilla Aragón cerrado para vuelos comerciales, iba a poner un avión para llevar a su desigual y cobarde “campo de operaciones” a periodistas de RCN y CARACOL y que estos “transmitieran”, pero a su acomodo, su “heroica” gesta.

En Colombia, de la misma manera como un narco escoge a la carta las prostitutas a las que utilizará sexualmente, los violentos actores de la guerra seleccionan a los que habrán de falsear la verdad y desfigurarla para hacer aparecer a los victimarios como víctimas y a las víctimas como victimarios. Es la lógica perversa de quienes manejan el país y de quienes a cambio de la pauta oficial y de ser invitados a los convites colocan sus micrófonos, cámaras y opiniones al servicio del mejor postor. Por eso Uribe sonríe y a gusto responde las preguntas pre acordadas con su preferida Vicky Dávila y sufre entrevistas como las de CNN.

La verdad no conviene que se sepa o que se cuente tal y como acontece. Por eso  cuando los ciudadanos, cansados de que los medios al servicio del poder los ignoren o que trastoquen su mensaje,  intentan construir su propio acto comunicativo, personajes como la Ministra de las TICs, Karen Abudinen Abuchaibe, en complicidad con las multinacionales de telecomunicaciones, tumban el servicio de internet para que el mundo no pueda conocer en tiempo real como policías y militares asesinan injustificadamente y en un uso desproporcionado de la fuerza a gentes pobres de sectores como Siloé.

Pero no le restemos responsabilidad en esta tragedia a la propia ciudadanía. Es ella la culpable del empoderamiento de los mal llamados “líderes de opinión”, que terminan siendo caja de resonancia del poder y de las matrices que desde el mismo se construyen para manipular mentes y conciencias de acuerdo a la oportunidad y al momento. Si nadie los leyera, si nadie los oyera no serían absolutamente nada y su capacidad de hacer daño a la sociedad se vería mermada.

Sin embargo los escuchan, los leen y en las redes sociales se hace a un lado a quienes tratan de abrirse paso a pulso en la tarea de informar y opinar desde lo alternativo, para privilegiar a los manipuladores de opinión. A ellos, desde los ciudadanos del común hasta los lideres alternativos, es a quienes se les da retuit, menciones y se les conceden entrevistas. A ellos es a los que se les da rating a pesar de saberse que son unos permanentes trasgresores de la verdad.

Si ha habido muertos, de las mismas no puede exculpárselos pues ese conveniente cierre de los micrófonos y apague o redireccionamiento de los reflectores hacia donde les conviene los convierte en cómplices conscientes del accionar de los violentos poderosos. Porque no nos digamos mentiras, su condena a la violencia es selectiva. Se magnifica y amplifica cuando la genera como defensa y respuesta un descamisado y se minimiza, justifica y hasta invisibilizan cuando es el establecimiento quien la ejerce desde la teoría del monopolio y uso legítimo de la fuerza.

Son capaces de poner a un país entero a condenar al que lanza una piedra o rompe un vidrio pero no con quienes aprietan gatillos de armas letales. Desde su cinismo sin límites son capaces de convencer que duele más un bien material que se daña, pero que puede repararse, a las cientos y miles de vidas que se cercenan a diario de manera irreparable.

Son igualmente capaces,  y todo el país es testigo de ello, de  calificar un mismo hecho de manera diferente sin siquiera sonrojarse. Pasan de tildar de héroe o vándalo o de incendiario o líder a alguien dependiendo de que su acción se desarrolle en Venezuela, Colombia o Palestina. Si la piedra contra el poder se lanza en Venezuela o Palestina es un acto de heroísmo y resistencia; si es en Colombia es un simple y repudiable acto de vandalismo. Se esfuerzan por convencer a la sociedad, que es más grave el intento no consumado de quemar unos policías dentro de un CAI que el crimen efectivamente perpetrado en el que nueve (9) jóvenes perecieron carbonizados en uno de estos centros de atención.

De manera concertada y al unísono, muchos “comunicadores” en el país repiten las matrices de opinión que les dictan desde el poder para moldear las mentes de quienes los leen y escuchan y conducirlos a la sumisión y conformidad frente a unos y al rechazo y condena frente a los otros.   Al hacer esto, hacen y son parte por tanto, como agentes de propaganda,  del aparato de guerra del estado. Por estos días esas matrices se orientan a deslegitimar la protesta y a los protestantes. A presentarlos como vándalos y culpables de la violencia, del desabastecimiento, de la carestía y hasta de que las vacunas no lleguen a tiempo. Eso sí, frente a esto último no se dice que los helicópteros en vez de ametrallar deberían estar distribuyendo biológicos para salvar vidas.

Al mejor estilo de Goebbels, sobre la base de repetir mentiras construyen verdades artificiales, como la de una madre que perdió a su bebé porque los manifestantes no permitieron el pase de la ambulancia que la transportaba aunque las evidencias demuestren que lo ocurrido se dio por una práctica de indígenas de La Guajira y no por incidencia de los promotores del paro o como la de un falso propietario de un hotel al que los manifestantes le quemaron todo cuando las evidencias muestran que la explosión que provocó el incendio la inició el ESMAD.

Por obvias razones en todo este contexto, la verdad no es la única afectada. Desde su instrumentalización consentida la ética también sale muy maltrecha. En el ejercicio de tergiversación de la verdad, por ejemplo, varios medios, entre ellos CARACOL fueron notificados de la destrucción de varios CAIs en Bogotá desde sus fuentes oficiales y en el afán de la primicia, cometieron el error como quedó en evidencia de difundir la noticia antes de que lo programado para mostrar a los protestantes como violentos efectivamente se materializara.

A propósito de esto último, la estratagema de hacer cosas indebidas y atribuirle la responsabilidad a quien no la tiene con el propósito de deslegitimarlo en la justeza de sus causas y luego atacarlo, no es nueva. En una antigua película ya se ilustraba la infiltración de las protestas por los poderosos con el fin de desprestigiar y a quienes protestaban y tener la excusa perfecta para reprimir y quitarse problemas de encima