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Desendeudar y que los bancos respondan con sus utilidades

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¿Humanidad o Utilidad? ¿vida o negocios? El coronavirus, a partir de la parálisis de la producción por ausencia del factor humano develó que el capital, las fabricas y las máquinas, por si solos, no generan riqueza y que solo la fuerza de trabajo es quién la posibilita. Sin la participación de millones de asalariados no solo se frena la producción de bienes sino también la generacion de riqueza. Es el trabajo humano y/o el trabajador y no el capital en sí mismo quién genera riqueza.

Pero la crisis también planteó a la sociedad en su conjunto un dilema ¿Qué debe primar o prevalecer, el derecho a la vida de millones, a través de medidas como el confinamiento obligatorio, garantizando a los medios necesarios para sobrevivir, o el derecho a la ganancia de sectores más pequeños de la población (empresarios) sobre la base de que estos expongan a la muerte a sus empleados haciéndolos ir a laborar? Constitucionalmente este dilema está resuelto. El intereses particular debe ceder ante el interés general.

Los países que optaron por la opción contraria (economía/vida) fracasaron estruendosamente en la contención del virus, demostrando que el «yo no paro, yo produzco», que un sector minoritario propagandizó en Colombia no aplica como posibilidad de supervivencia del género humano. La humanidad es más importante que la utilidad y la vida está por encima de los negocios y de la economia por una razón sencilla: sin vida no hay ni producción ni consumo.

Se plantea luego entonces otra disyuntiva. ¿Quiénes asumen los costos de la crisis en el plano economico? En esta etapa histórica en la que el conjunto de la sociedad pierde, lo correcto es que los mayores sacrificios los afronten los que mayores posibilidades tienen para hacerlo. Los que disponen y han acumulado en el tiempo grandes utilidades deben aportar antes que los que no disponen de nada para dar.

La vía de los empréstitos (endeudar a empresarios y personas naturales con los bancos) para afrontar la crisis solo representa a lo mucho, un aplazamiento de sus efectos; un fortalecimiento aparente de quienes prestan y un mayor empobrecimiento y disminución de la capacidad de responder de los acreedores, con lo que ello puede significar en términos de una mayor contracción de la economía sí còmo consecuencia de la recesión todo desemboca en una cesación de pagos de las obligaciones.

Por ello coincidimos con el senador Gustavo Petro en qué la vía no es endeudar sino desendeudar. Quitar cargas. La cesación de pagos de acreencias o deudas (1); de servicos públicos (2) y de arriendos (3) a los empresarios del sector privado puede liberarles recursos para mantener empleos y salarios. Los trabajadores, más allá de verse beneficiados por vía de la estabilidad en sus empleos y en sus ingresos para sobrevivir (1), sí se les hace extensiva, la cesación de iguales obligaciones pueden liberar recursos que les permitan mantener su confinamiento en condiciones de dignidad (2) y ejercer, en la medida de sus posibilidades, la solidaridad con quienes están condenados al subempleo y el desempleo (3).

Sin embargo, surge de la politica de exoneración de pagos un aparente problema y una pregunta. Sí el arrendador que no recibe arriendo, compensa no pagando deudas y servicios y, a su vez, si las empresas de servicios públicos dejan de pagar deudas, la afectación e impacto será para la banca. Entonces de manera pedagógica preguntamos: ¿Puede y tiene la banca cómo asumir tan alto costo?

La respuesta es sí. De los ultimos 21 años solo en 1.999 y 2.000 la banca afrontó una crisis en la que tuvo pérdidas y en la que el Estado y la sociedad concurrieron solidariamente en su ayuda. Desde 2001 hasta 2019, es decir, durante 19 años, el sector financiero ha tenido ganancias por 175 billones de pesos y bien podria hacer, por una vez, un sacrificio y retribuir en parte algo a los colombianos de lo que éstos le han ayudado a ganar.

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Pero aún, sí se pensara en responsabilidades compartidas, también las empresas de servicios publicos domiciliarios tanto del orden público como privado podrían de manera voluntaria u obligadamente sacrificar parte de sus multimillonarios ganancias en función de subsidiar a los colombianos total o parcialmente en las tarifas que les cobran. Sí ambos sectores carecen de la grandeza y de la solidaridad y responsabilidad social que las circunstancias ameritan una buena opción por contemplar sería la nacionalización còmo lo ha planteado reiteradamente, respecto a la banca, el senador Armando Benedetti

Duque: ¡Irresponsable e inepto!

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No hay aún certeza sobre si los 10 millones de electores existen o si la cifra real de sus votantes fue inflada por el software de la registraduría. Tampoco sobre cuál fue la real incidencia de los turbios dineros del ‘Ñeñe’ Hernández en la elección presidencial.

No obstante, lo cierto es que Colombia requirió de la peor de las circunstancias y crisis para darse cuenta que Iván Duque era la peor de las opciones posibles para presidente. Cada decisión que adopta demuestra su absoluta falta de liderazgo y de experiencia para capitanear a Colombia en las turbulentas aguas del coronavirus. Estamos a punto de un naufragio irremediable y sin precedentes. Quizás peor que el que propició su padre al no adoptar a tiempo las medidas necesarias para evitar la tragedia de Armero.

Ya la televisión alemana hace sorna de la desautorización que hizo de los alcaldes que, ante su falta de iniciativa, adoptaron medidas urgentes para evitar la propagación del virus en sus territorios. Su incapacidad le impide pensar menos en la economía que en la salud de los habitantes del país que a tumbos e improvisaciones intenta dirigir. Su ego, igualmente le imposibilita aceptar que otros piensen y adopten decisiones antes que el.

Sus decisiones tardías, como por ejemplo la de cerrar los aeropuertos a los vuelos internacionales le ha costado bastante al país. Las primeras infecciones provinieron de personas que llegaron del exterior y de personas que estuvieron en contacto con las mismas. Ingresaron por aeropuertos concesionados en los que ni los operadores privados ni las autoridades sanitarias tomaron medidas serías de control en las primeras semanas.

El colmo de sus errores inexcusables fue convocar una reunión presencial de alcaldes y gobernadores de todo el país, en Casa de Nariño, habiéndola podido desarrollar de manera virtual. No le dio su inteligencia para preveer, ni obtuvo información de los organismos del Estado que dirige de que uno de esos alcaldes venía del exterior y había hecho tránsito aeroportuario en España. Hoy el alcalde de Popayán es positivo para coronavirus y no se sabe si el propio presidente y otros alcaldes y gobernadores sean portadores asintomáticos del virus.

Lo que vive Colombia es una amenaza real y las amenazas reales no se afrontan con simulacros como el que se le permitió y autorizó a la alcalde de Bogotá. Con este tipo de medidas solo se envía un mensaje a la ciudadanía que no aporta nada para tomar conciencia de la gravedad real de la situación. De hecho, muchos bogotanos salieron de la ciudad con mayor afectación, quiera Dios que no, a diseminar el virus.

La mayor amenaza para Colombia no es el coronavirus: Es la inexistencia de la autoridad presidencial y la ausencia de medidas de fondo como el confinamiento inmediato de todos los ciudadanos del país para minimizar la propagación del virus y el consecuente colapso de un sistema de salud privatizado que no está preparado tecnológicamente para afrontar la embestida brutal del virus. La impotencia e indignación contra el presidente ya son evidentes en redes sociales