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El florero de Llorente del uribismo y el peligro de marchar

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Lo necesitaban. Lo requerían. Lo anhelaban. Ansiaban un acto de las características horrorosas y demenciales del ocurrido en la Escuela Francisco de Paula Santander para revalidarse socialmente como sector político que personifica a un número bastante importante de gente enferma, de disociados de la guerra que en el país añoran las explosiones, la muerte y la guerra y que detestan cualquier intento de paz que no se construya sobre la base de la derrota militar y el exterminio y/o aniquilamiento total del otro.

Tenían varios y serios problemas. La caída de la credibilidad y aceptación del ex presidente Uribe en las encuestas, los niveles precarios de favorabilidad de Duque en el mismo tipo de mediciones, los nombramientos cuestionados, la mermelada revivida y exorcisada, muertes bajo extrañas circunstancias de quienes debían testificar contra poderosos e intocables, escándalos de corrupción que vinculan a su Fiscal amigo y muchas otras cosas más por ocultar tras una densa e irrespirable cortina de humo o por enfriar en el refrigerador del olvido. Necesitaban un florero de Llorente así, para incitar, ánimar y encender los ánimos bélicos como en 1810.

Todo lo anterior no es suficiente para afirmar, apresuradamente, que fue la extrema derecha la autora del atentado. Tienen los medios, los motivos, las complicidades y la habilidad suficiente para manipular y sacar y/o extraer rentabilidad o, más bien, para capitalizar o sacar partido político aún de las cenizas y de la desolación que deja tras de sí la cobardía de unos y la desgracia ajena, pero no lo podemos decir sin ser irresponsables como si lo es el Fiscal para sindicar y el presidente para actuar.

Nuestra responsabilidad y sentido de humanidad nos permite repudiar pero no sindicar. No es descartable que sean los mismos que asesinan líderes sociales los que hoy sacrifican policías buscando lo mismo: una respuesta violenta que vuelva trizas la paz como lo prometieron. Más sin embargo, no es descartable tampoco que haya sido el ELN porque la guerra tiene la propiedad de degradar y borrar todo vestigio de humanidad de quienes son sus actores y promotores de lado y lado.

Y no es descartable tampoco lo último, hasta que no exista un pronunciamiento en el que lo reivindiquen o lo nieguen, porque en Colombia quienes se han levantado en armas contra el Estado en más de una ocasión con sus acciones no calculadas y sin sentido, han jugado para lo más obtuso del establecimiento y hasta elegido y reelegido presidentes. Ya el 27 de enero del año pasado, en la Estación de Policía de San José en Barranquilla, el ELN a meses de una elección presidencial, hizo un significativo aporte a la elección de Iván Duque con un atentado que cohesionó a las fuerzas proclives a la guerra.

Mientras se esclarecen las cosas, si es que logran esclarecerse con un Fiscal que no es prenda de garantía, salvo para el uribismo, lo más prudente es no marchar y no por insolidaridad o ausencia de humanidad sino porque es peligroso. Así la autoría del atentado se la atribuya el ELN, lo cierto es que la extrema derecha es muy capaz de sacrificar personas del común y perpetrar uno o varios atentados, en medio de las marchas ciudadanas, con el objetivo de exacerbar aún más el odio y espíritu de guerra que constituye el combustible u oxígeno para la vigencia y continuidad de su “proyecto politico”.

Neftalí Romero Gutiérrez: A 17 años de su partida

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Un fatídico 12 de mayo se apagó para siempre la magia de tu pluma y con ella todas esas locuras que escribías con tinta verde, usando un viejo rapidógrafo de punta fina que nunca supe quién te regaló.

No eran locuras. Eran chispazos infinitos de intuición y de anticipación a los tiempos. Con ese instrumento de arquitectos, delineabas sueños sobre hojas de papel, mientras tu mente volaba y deambulaba trayéndonos elementos desde el futuro.

Cuánta falta hacen tus trazos de país, tus iniciativas, tus proclamas escritas en una prosa impecable propias más de un escritor que de un político.

Solo quienes te conocimos y compartimos contigo tardíamente, tras tu retorno de Canadá, entendemos -a pesar de tu humildad- toda tu grandeza. Vivías 24 horas maquinando y conspirando en favor de la vida. Sembrando “los horizontes de paz y dignidad” como reza el himno de ese eme eterno del que uno nunca se desprende.

Por supuesto que no representabas un peligro para nadie. Nunca en tu alma atizbé una triza de maldad. Ni aún en los peores momentos; en los de desespero, angustia, persecución y hasta soledad.

Solo Adalberto Miguel Santa María Peña te acompañaba ese día. Ahí hubiese podido estar yo que siempre te acompañaba en ese destartalado vehículo blanco que te dieron para tu “seguridad”. No estuve porque nunca me enteré que habías regresado bien tarde la noche anterior para cumplir, bien temprano, tu última cita en la ciudad que amabas.

Quienes oprimieron el gatillo y quiénes lo ordenaron no ganaron, perdieron. Pensaron que tus ideas quedaban sepultadas junto a tu cuerpo y que con la tierra te cubriría un manto de olvido e impunidad. Se equivocaron. Nunca mueren las flores en primavera. Fallecen los hombres pero nunca sus recuerdos ni sus ideas. Esos permanecen intactos y trascienden aún el espacio y el tiempo.

Coincidencialmente hoy también el 12 de mayo cae sábado como aquel fatídico día de 2001. Se cumplen 17 años de tu partida y desde mi certidumbre se, que si hubieses tenido la posibilidad de encomendarme una última misión, como tu amigo y hermano, tus palabras hubiesen sido:

Dile a mi hija que no permita nunca que en su corazón el odio y el resentimiento sustituyan a el amor y le roben la alegría y la sonrisa. Qué no pierda mi esencia viejo flaco. Hoy se lo digo.