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Neftalí Romero Gutiérrez: A 17 años de su partida

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Un fatídico 12 de mayo se apagó para siempre la magia de tu pluma y con ella todas esas locuras que escribías con tinta verde, usando un viejo rapidógrafo de punta fina que nunca supe quién te regaló.

No eran locuras. Eran chispazos infinitos de intuición y de anticipación a los tiempos. Con ese instrumento de arquitectos, delineabas sueños sobre hojas de papel, mientras tu mente volaba y deambulaba trayéndonos elementos desde el futuro.

Cuánta falta hacen tus trazos de país, tus iniciativas, tus proclamas escritas en una prosa impecable propias más de un escritor que de un político.

Solo quienes te conocimos y compartimos contigo tardíamente, tras tu retorno de Canadá, entendemos -a pesar de tu humildad- toda tu grandeza. Vivías 24 horas maquinando y conspirando en favor de la vida. Sembrando «los horizontes de paz y dignidad» como reza el himno de ese eme eterno del que uno nunca se desprende.

Por supuesto que no representabas un peligro para nadie. Nunca en tu alma atizbé una triza de maldad. Ni aún en los peores momentos; en los de desespero, angustia, persecución y hasta soledad.

Solo Adalberto Miguel Santa María Peña te acompañaba ese día. Ahí hubiese podido estar yo que siempre te acompañaba en ese destartalado vehículo blanco que te dieron para tu «seguridad». No estuve porque nunca me enteré que habías regresado bien tarde la noche anterior para cumplir, bien temprano, tu última cita en la ciudad que amabas.

Quienes oprimieron el gatillo y quiénes lo ordenaron no ganaron, perdieron. Pensaron que tus ideas quedaban sepultadas junto a tu cuerpo y que con la tierra te cubriría un manto de olvido e impunidad. Se equivocaron. Nunca mueren las flores en primavera. Fallecen los hombres pero nunca sus recuerdos ni sus ideas. Esos permanecen intactos y trascienden aún el espacio y el tiempo.

Coincidencialmente hoy también el 12 de mayo cae sábado como aquel fatídico día de 2001. Se cumplen 17 años de tu partida y desde mi certidumbre se, que si hubieses tenido la posibilidad de encomendarme una última misión, como tu amigo y hermano, tus palabras hubiesen sido:

Dile a mi hija que no permita nunca que en su corazón el odio y el resentimiento sustituyan a el amor y le roben la alegría y la sonrisa. Qué no pierda mi esencia viejo flaco. Hoy se lo digo.