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Lo de Bermeo: El nuevo capítulo de la venganza implacable del Fiscal contra “Santrich”

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Sus más radicales opositores y críticos no dudan en calificar al Fiscal General de la Nación, Néstor Humberto Martínez, como un hombre sin escrúpulos para el que el fin justifica en todos los casos el empleo de cualquier medio a su alcance.

Los cuestionamientos al Fiscal General de la Nación van desde su habilidad para intrigar, hasta su “capacidad” camaleónica para estar bien al mismo tiempo con Dios y con el diablo.

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No de otra manera se entiende que a pesar de su proximidad y admiración hacia Uribe Vélez, Germán Vargas Lleras, desde Cambio Radical, lo hubiese apadrinado y avalado ante el alto gobierno para ser Fiscal y que Juan Manuel Santos se hubiese decidido por él a sabiendas que representaba la peor de las opciones posibles frente a la implementación de los Acuerdos de Paz.

El poder real de Martínez Neira, sin embargo, no se halla en el ámbito de lo político sino en el poder económico que mueve tras bambalinas los hilos de políticos aparentemente opuestos pero con poderosos financiadores en común: Luis Carlos Sarmiento Angulo y Odebrecht.

Mucho antes de que el país al unísono solicitara por decoro la renuncia de un fiscal que está impedido para actuar como investigador e investigado, Jesús Santrich, exguerrillero de las FARC, tuvo el arrojo de cuestionar, en tres duros y directos tuits, al Fiscal por encubrimiento de empresas que financiaron el paramilitarismo.

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A partir de allí la respuesta de quién usa su cargo para amenazar y golpear a quienes cometan la osadía de ponerlo en entredicho no se hizo esperar. Tiempo después, sobrevino la acusación de que Santrich era narcotraficante, la privación de su libertad con complicidad de los grandes medios afines al mismo poder económico y politico corruptos con los que se impedía que el exguerrillero accediera a sus curul en el congreso y, además, se pretendía aniquilarlo políticamente y destruir los Acuerdos de Paz.

Después de eso, sin pudor, se produjo el reconocimiento de que no existían las pruebas que el Fiscal había cacareado a los cuatro vientos y ahora, que se avisoraba una probable liberación, desde la Fiscalía se ha recurrido a un nuevo escándalo distractor que tiene todas las connotaciones de otro falso positivo.

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Y es que a nadie le cabe en la cabeza, que un Fiscal de la JEP como Carlos Bermeo, con vínculos y fotos con el presidente Duque y que un ex parlamentario condenado por parapolítica y muy cercano al expresdente Uribe, como Luis Alberto Gil, puedan concertarse para supuestamente conspirar contra la extradición de Seuxis Hernández, quién al interior de las FARC fue conocido bajo el seudónimo de Jesús Santrich, nombre con el que el guerrillero quiso rendir homenaje a su amigo, un pintor y estudiante de la Universidad del Atlántico, asesinado por agentes del desaparecido DAS.

Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Angulo

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Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Ángulo y no estuviese revestido de la inmensa soberbia que se desprende como consecuencia natural de ser uno de los hombres más ricos del país y de creerme dueño de la suerte y vida de sus habitantes, a los que percibo como cosas, seguramente me tomaría un momento para pensar.

Cuando digo pensar, no me refiero necesariamente a cranear como destruir mediática, moral y hasta físicamente a quienes se han atrevido a cuestionar un proceder empresarial bastante apartado de la ética, esa palabra que abogados como Néstor Humberto Martínez y Abelardo De la Espriella consideran tan inconveniente para propósitos como el negocio jurídico y el enriquecimiento a cualquier costa.

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Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Ángulo y presenciara el inicio del desplome del valor de las acciones de mis empresas en la bolsa y las incalculables perdidas económicas que de ello se derivan, no insistiría en hacer lo que hasta ahora he hecho: Encubrir a aliados torpes del mundo de la política y del derecho que con sus acciones han puesto en serio riesgo mi prestigio como empresario y mi capital, tanto a nivel nacional como internacional, colocándome con su precario cálculo político en el ojo del huracán.

Desistiría de la idea equivocada de tratar de destruir moralmente a esa suerte de personaje de gran incidencia sobre un porcentaje nada despreciable de la población a quien los suecos y estadounidenses denominan ombudsman.

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Muy por el contrario, en el ajedrez de la política, dejaría de proteger a quien no merece ser protegido y sacrificaría a algunas de mis fichas reemplazables y/o inconvenientes aliados para generar tranquilidad y estabilidad en el mercado y confianza en las instituciones y en nuestra democracia, lo que sin duda ayudaría a restaurar la confianza pública y a erradicar la idea que viene generalizándose peligrosamente de que la corrupción no es un fenómeno exclusivo del ámbito de lo público y de la política, sino también del mundo hasta ahora inatacado de la empresa privada.

Si yo fuera Luis Carlos Sarmiento Ángulo, trataría de no dar declaraciones impopulares como la de respaldar medidas tributarias contra la población pauperizada de mi país y, antes, así fuera fingidamente, tomaría prudente distancia del gobierno y trataría de enmendar (por no decir encubrir) mis responsabilidades siendo así fuese por el breve tiempo que demande el olvido un empresario con sentido y responsabilidad social:

Así sin duda revertiría mi creciente y dañina impopularidad, no controlable ya (desde la irrupción del poder de las redes sociales) a través de periódicos, revistas, canales, emisoras y periodistas a sueldo