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¿No es necesaria hoy una Asamblea Nacional Constituyente?

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Muchos afirman que no es necesaria la convocatoria a una nueva Asamblea Nacional Constituyente pues lo que se debe hacer no es hacer una nueva Constitución o modificar la vigente, sino aplicar la del 91. Pierden de vista un pequeño detalle: En 28 años no se ha aplicado cómo se debería la Constitución actual. De hecho, su Espíritu se ha tergiversado al vaivén de reformas que la han desfigurado. Ha sufrido en lo que lleva de vigencia 52 modificaciones (una cada 5 meses), frente a la de 1886 que se modificó en promedio cada 1,4 años (70 veces en 104 años).

La intención del Constituyente del 91 fue buena: Sentar las bases para la construcción de un Estado Social de Derecho, es decir, de un modelo de organización en los que tanto el Estado como el derecho se colocan al servicio de lo social, esto es, de las reivindicaciones de los ciudadanos y no al contrario.

Sin embargo, los Constituyentes del 91 cometieron un grave error al no escuchar a Álvaro Gómez Hurtado cuando quiso abrir la discusión sobre el carácter de omnímoda de la Asamblea, esto es, su poder absoluto y sin límites para acometer en el tiempo que fuera necesario los cambios estructurales y/o de fondo que el país requería para dejar atrás el régimen mafioso que en Colombia había coptado casi todo, incluida la política.

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En lugar de ello los constituyentes del 91 optaron por dejar el desarrollo y/o la reglamentación de la reciente constitución en manos de la misma clase política tradicional agrupada en el congreso. Craso error que a manera simbólica podría equipararse a algo así como entregarle un hijo recién nacido a Herodes para que lo cuidara y fortaleciera.

La reglamentación de la norma marco, en manos de los 6 o 7 congresos que sobrevinieron, no se hizo o se hizo al acomodo de los poderosos de siempre. De esa forma el Estado Social de Derecho se redujo a una declaración formal que jamás encontró correspondencia con el sentir de los intérpretes de otro modelo de organización opuesto: El Estado Antisocial de Hecho (Neoliberal)

Tal modelo, contrario al aprobado en el texto constitucional de 1991, se expresa, por ejemplo, en la reforma a los artículos 356 y 357 para raponearle recursos a la educación y a lo social y destinarlos a la guerra o a los banqueros o las sucesivas y lesivas reformas laborales que nada tienen que ver con lo consignado en el artículo 53 Superior.

Pero más allá de lo anterior y por razones hasta entendibles hubo temas vedados para los constituyentes y para la Constitución del 91. Por ejemplo, no se abordó el tema económico en aspectos tan puntuales y relevantes como la democratización en el acceso a la propiedad de la tierra y otros más, aún hoy bastantes sensibles. Esos temas y la recuperación de gran parte del sentido (espíritu) perdido de la Constitución de 1991 bien valdría la pena que sean retomados, profundizados y blindados en un nuevo proceso constituyente.

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La clase política actual y el congreso han dado ya muestras suficientes y fehacientes de no querer autoregularse y transformarse. También de no legislar para el país nacional (no político) sino para intereses mezquinos del minoritario país político. Han demostrado que no les interesa en lo más mínimo y como poder constituido lo que diga, sienta y piense el poder que los constituye o constituyente primario y mucho menos auscultarlo.

De hecho desprecian y le temen al poder primario. A tal punto, que a través de interpuestas personas hicieron firmar sobre mármol a un candidato presidencial como Gustavo Petro que se comprometía a no convocar al soberano para reasumir la soberanía que le es propia y que sólo delega temporalmente en representantes cuyo poder no es absoluto; mucho menos dentro de un modelo de democracia participativa y no representativa como la pre-constituyente.

¿Y si el congreso y Duque insisten en aprobar leyes contra el pueblo?

IMG_20191209_132720La movilización del pasado domingo 8 de diciembre fue contundente y envió un mensaje claro a la minoría exclusiva y excluyente que hoy gobierna de espaldas a los intereses populares. Este país despertó y no está dispuesto a que lo sigan retando y a las burlas. Hasta ahora se ha expresado pacífica y civilizadamente. Pero si la protesta social escala o no dependerá de la movida en el tablero que ahora hagan los poderosos (banqueros, industriales, comerciantes) y quienes legislan para sus intereses.

Si son responsables e inteligentes les convendría no jugar al todo o nada. Les convendría dejar por un momento a un lado su voracidad de ganancias y no menospreciar a las grandes mayorías nacionales hastiadas de su indolencia y falta de empatía y quitarle presión a lo que amenaza con estallarles en la cara por física miopía. Esta no es una crisis más superable. Es la eclosión de un nuevo país que reprueba al presidente y a quienes lo respalden a cambio de contraprestaciones.

No tienten más a su azarosa suerte. No persistan en el abuso que nos ha conducido a ser uno de los países más desiguales del mundo. Si los partidos que pupitrearon los proyectos del gobierno en primer debate y tienen en gaveta otros igual de lesivos a la espera de que todo se enfríe y la gente se adormezca creen que impunemente aprobarán en plenaria, y con base en mayorías construidas desde el Palacio de Nariño, leyes contrarias a los intereses populares se equivocan de la A a la Z.

Su osadía tendrá un enorme costo político. Puede perfectamente significarles a través de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, entre otras muchas medidas, la revocatoria de su período, así como la del mandato del presidente y la definitiva muerte política tanto de unos como del otro. Álvaro Gómez acertadamente definió el poder del soberano convocado en una Constituyente como omnímodo (absoluto y total), lo cual no fue suficientemente interpretado por los constituyentes del 91 que dejaron incólumes temas neurálgicos como el del poder económico, la democratización de la tierra y las garantías electorales, entre otros.

Creanlo, el poder de convocatoria, de movilización, de organización y de lucha de los movimientos sociales de ahora y de los estudiantes de fines de la década del 80 y comienzos de la del 90 es minúsculo, proporcionalmente hablando, al de esos mismos actores ad portas del inicio de la tercera década del siglo XXI.

Si en su testarudez el presidente, los congresistas y el poder económico a quienes ellos representan insisten en su desconexión con el país nacional en sus reformas tributaria, laboral y pensional van a tener respuestas en el terreno de lo político y de la confrontación inteligente que les van a hacer tan invivible e inviable este país como ellos durante décadas se lo han vuelto a quienes hoy están en las calles. Cómo en Chile se dijo cuando ya la situación era irreversible: Escuchen lo que la gente les dice antes que la situación se les vuelva irreversible.

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